viernes, 4 de septiembre de 2009

TRATA DE PERSONAS EN LA TRIPLE FRONTERA (2) La historia de Graciela (segunda parte), huida en la madrugada.


Por este mismo lugar, desde Puerto Irala (Paraguay), Graciela fue cruzada clandestinamente en canoa por el río Paraná, hasta Puerto Esperanza (Argentina), donde fue mantenida en cautiverio y obligada a prostituirse en un burdel de carretera.


Durante dos meses, Graciela y sus dos compañeras menores sobrevivieron secuestradas en el burdel “La Cueva”, en Argentina, hasta que lograron huir. Un canoero se apiadó y las hizo cruzar de vuelta al Paraguay. No presentaron denuncia judicial, por miedo a represalias.

Por Andrés Colmán Gutiérrez
y Sofía Masi


“Fue como vivir en un infierno…”. Así describe Graciela los meses en que ella y sus dos compañeras menores de edad vivieron encerradas en el Bar Pool “La cueva del Tío Tito”, en Puerto Esperanza, Provincia de Misiones, Argentina, luego de haber sido llevadas engañadas desde Ciudad del Este con la promesa de ganar 300 pesos (450 mil guaraníes) a la semana, trabajando como meseras en un restaurante.
Las tres jovencitas habían sido “reclutadas” por Silvana, una chica joven que las conoció en una discoteca cachaquera de la capital altoparanaense. Las hicieron cruzar por Puerto Irala, una pequeña y aislada localidad ubicada a orillas del Paraná, a 70 kilómetros al sur de Ciudad del Este. Allí, un hombre previamente contratado las hizo cruzar en una precaria canoa, hasta desembarcar en una playa en medio del monte, del lado argentino. Fernando, el socio de Silvana, había pasado la frontera por el Puente de la Amistad en una camioneta y las esperaba en un descampado, cerca de Puerto Libertad, a pocos metros aguas arribas de la base de la Marina argentina. Las alzó en el vehículo, condujo unos 8 kilómetros por un camino de tierra, hasta salir a la entrada de Puerto Esperanza (48 kilómetros al sur de Puerto Yguazú, sobre la ruta 12, que conduce a Buenos Aires), donde se halla el local nocturno.
“En seguida nos dimos cuenta de que nos habían llevado para trabajar en otra cosa. El lugar estaba lleno de clientes, camioneros en su mayoría, sentados en las mesas, que se estaban emborrachando con vino o cerveza, y había varias chicas vestidas con tops y polleras muy cortitas, que se sentaban en los regazos de los clientes, y a veces alguno entraba al fondo con una de las chicas. El dueño o encargado del negocio estaba parado en la puerta, y era el que cobraba el dinero por cada pase”, relata Graciela.

AMENAZAS Y MALTRATOS. “Pase” es el nombre que le dan en el ambiente prostibulario argentino a cada sesión de sexo que los clientes contratan, cuando deciden ingresar con alguna de las chicas a “las piezas del fondo”.
Cuando Graciela y sus dos amigas se dieron cuenta del engaño del que habían sido víctimas, dice ella que intentaron resistirse y pedir que las lleven de vuelta al Paraguay. “Fue entonces cuando comenzaron a maltratarnos, a amenazarnos, nos encerraron en las piezas y solo nos dejaron salir cuando aceptamos entrar con los clientes”, revela.
Los cliente pagaban 50 pesos (75 mil guaraníes) por cada “pase”, y estaban obligadas a entrar todas las veces que eran requeridas, hasta con más de diez hombres en una sola noche.”No podíamos negarnos, si lo hacíamos nos golpeaban, si o sí teníamos que hacer lo que el cliente quería, yo nunca ví un centavo del dinero, porque todo iba al bolsillo del patrón”, dice la joven-
El “patrón” es conocido como el tío Tito, un popular empresario de locales nocturnos en Puerto Esperanza. “La Cueva” está registrada como “bar pool”, pero todos saben que es un prostíbulo disfrazado, ubicado en la misma entrada a la ciudad, sobre la carretera 12, en un cruce estratégico donde los camioneros hacen su parada preferida para “divertirse un poco”.
“Estaban unas diez o quince chicas, casi todas paraguayas, solo una era brasileña. Casi todas menores de edad, de entre 15 a 17 años por ahí. A nosotras no nos dejaban hablar mucho con las otras, había guardias que nos controlaban, no podíamos salir a la calle, y nos tenían la mayor parte del tiempo como presas en la habitación. Yo me sentía muy mal, extrañaba mucho a mi hijito y a mi familia, y con las otras dos amigas nos dijimos que apenas tengamos oportunidad, nos íbamos a escapar, sin importar el peligro”, recuerda Graciela, con los ojos humedecidos.

LA FUGA.
La oportunidad se presentó una fría madrugada, a los dos meses de su permanencia en el burdel. La actividad nocturna había culminado más temprano, los últimos clientes se habían retirado, el patrón y sus colaboradores mandaron a las chicas a dormir y cerraron en local.
Graciela y sus amigas esperaron un largo rato a que todo se ponga oscuro y silencioso. Entonces una de ellas salió de la pieza en puntapiés, llegó sigilosamente hasta el frente del local y comprobó con gran alegría que el guardia se había quedado dormido en su silla.
En seguida buscó a sus amigas, y juntas las tres, sin llevarse casi nada más que la ropa puesta, abrieron con cuidado la pequeña puerta verde del frente, salieron a la calle y echaron a correr hacia la carretera, amparadas por las sombras de la madrugada.
“Caminamos mucho, nos moríamos de frío, cruzamos montes y yuyales, íbamos preguntando cómo podíamos llegar hasta la orilla del río Paraná, la gente no nos quería ayudar, tenían miedo de nosotras. Teníamos miedo de que los guardias del patrón nos persigan y nos agarren otra vez, allí eran capaz de matarnos”, narra la jovencita.
Una de las chicas tenía un embarazo de casi tres meses, y estaba a punto de desamayarse. “Por suerte un señor nos indicó y así llegamos, ya de día, con los pies hinchados y lleno de heridas, hasta la costa del río. Reconocimos a Puerto Irala del otro lado, por donde habíamos pasado la primera vez… ¡Allí estaba el Paraguay, muy cerca, pero inalcanzable! Si era por mí, me tiraba al agua y cruzaba nadando”, asegura Graciela.
Recorriendo la orilla argentina, las chicas encontraron a un canoero paraguayo y les explicaron que tenían problemas, que necesitaban cruzar en seguida, pero que no tenían nada de dinero con ellas. El hombre al principio no quiso ayudarlas, pero luego se apiadó y las alzó en la embarcación. El viaje duró pocos minutos, pero a Graciela le pareció que era una eternidad, que nunca iba a llegar. Cuando al fin la canoa atracó en la costa paraguaya, ella saltó a tierra y se dejó caer de bruces en la playa, sollozando con un entremezclado sentimiento de alivio, de dolor, de alegría… como si volviera a nacer de nuevo.

NO A LAS DENUNCIAS. “No, no quiero, tengo miedo…” dice Graciela, cuando se le pregunta si ya formuló alguna denuncia ante las autoridades del Ministerio Público o la Policía. Ella prefiere que nadie sepa nada de lo que le sucedió, ni siquiera sus familiares más cercanos, no tanto por vergüenza, sino por temor a represalias.
“Los que nos llevaron siguen por allí, tienen mucho poder y mucha influencia, y siguen agarrando jovencitas para llevar a la Argentina, yo no quiero arriesgarme”, afirma ella.
Graciela aceptó contar su historia ante los periodistas de ÚH a condición de que se proteja su identidad, y no se revelen fechas precisas, ni nombres de los involucrados. También rechaza cualquier sugerencia de acudir ante las autoridades, porque no tiene ninguna confianza, ni en la policía, ni en los fiscalía, ni en la Justicia.
Sabe que otras víctimas que si se animaron a presentar denuncias, en lugar de ser protegidas por las autoridades, terminaron siendo abandonadas a su suerte y amenazadas de muerte por la poderosa mafia que se dedica a la trata y explotación sexual de menores en la Triple Frontera.
Graciela ha recibido el apoyo de profesionales de una organización privada, que le brindan orientación sicológica y la están ayudando a reinsertarse lentamente en su comunidad. “Ahora solo quiero volver a mi casa y verle a mi hijo, estoy estudiando peluquería y ese es mi sueño por ahora”, confiesa, con una sonrisa melancólica.

1 comentario:

Prensa Libre Ya dijo...

Gracias al poder de atemorizar a las personas estos bandidos se hacen fuertes. Saben que ninguna denuncia tendrá validéz contra ellos, tienen abogados, jueces, policías y políticos que les da protección.
Las víctimas siempre serán los mentirosos